-No sé si Diario de una temporada en el quinto piso es un libro de un resignado o de un luchador...

-¡De un sufriente! Acabo de abrir el libro al azar ¡y no puede ser lo que cuenta! Es un Gobierno (el del Alfonsín) al que quieren echar. Entre 1985 y 1986, la tasa anual de inflación iba para el 1.000%. ¿Qué país era ese? En ese momento logramos pasar del 1.000% al 50%, un prodigio. Pese a ello, los políticos quieren otra cosa: la redistribución del ingreso. Los peronistas presentan un proyecto de presupuesto alternativo que descansa sobre tres pilares: el Gobierno gasta más; emite para afrontar sus cuentas e interrumpe el pago de la deuda externa. Es una lamentable expresión de una oposición con ambiciones de gobernar. La dirigencia compite para levantar las apuestas con una falta total de responsabilidad política. Escribo con esa mirada y con esa mirada sobrellevo mal lo que pasó. Los luchadores son los que están ahí adelante, yo los acompaño. Muchas veces hago de coach y mi oficina se convierte en el muro de los lamentos de los economistas. Me hago cargo de muchas de sus angustias o alegrías, y eso, a la vez y a pesar de no estar en la frontline, también me desgasta a mí, ¿no?

-Usted dice al comienzo de su obra que cargó con esas memorias.

-Fue una experiencia muy demandante de la que no me arrepiento para nada. Sobre todo me sacó de la torre de marfil en la que estamos la mayoría de los que nos dedicamos en la academia, nos guste o no. Cada tanto alguno de nosotros recibe algo de atención de la prensa, pero el resto de los días nos seguimos unos a otros en conferencias y en revistas. Carecemos de una presencia pública y, por lo tanto, de incidencia en el debate. Entonces, yo salgo de ese mundo al cual uno se acostumbra finalmente porque es su vida, del mismo modo que hay gente que es bancaria y va todos los días al banco. ¿Hay algo fuera del banco? No. Bueno, en este caso, nosotros estamos en una universidad y nos movemos en ese ámbito. A mí me pasó que, por esas cosas del destino, golpearon mi puerta y me dieron la oportunidad de entrar a ver cómo se hace la historia que yo miraba de lejos como un académico que va al archivo a buscar documentos. Eso fue muy enriquecedor para mí. Muchos me preguntaron qué saqué en limpio. Yo digo que una gran compresión para todos aquellos que están en la gestión de la economía, cualquiera sea el color político, cualquiera sea el partido político, porque ese lugar, el quinto piso, es un lugar muy difícil de soportar. Entonces, estoy siempre dispuesto a escuchar con un espíritu muy tolerante. Quedé en una situación en la que no levanto el dedo acusador con la rapidez del común de los mortales.

-Usted dijo que quería hablar del libro, no de la actualidad. Pero es verdad que este ensayo con recuerdos y sucesos de hace cuatro décadas se lee como si fuera una crónica periodística de estos días.

-No lo hice alevosamente. El inconsciente queda fuera de mi control, pero el libro no fue el producto de leer los diarios de hoy. Ocurre que una vez que el libro entra en circulación, aparece la sensación de que relata algo que estamos viviendo ahora. ¿Por qué? Porque la Argentina siempre está dando vueltas en torno a las mismas dificultades, con los mismos actores, con los mismos dramas: se repone siempre la misma agenda. ¿Cómo ofrecer estabilidad y crecimiento a un país atravesado por pujas distributivas muy fuertes? ¿Y cómo, en un paisaje de ese tipo, es posible una gestión racional de la economía? Eso nos lleva a frecuentar un mismo escenario: los gobiernos, los grupos de presión, los sindicatos, el Partido Justicialista, el Fondo Monetario, Estados Unidos... esos son los actores permanentes. Cada capítulo tiene sus detalles distintivos, pero en ellos resuenan ecos angustiantes.

-¿Por qué?

-Es revelador que no logramos salir de lo que yo llamo, y ya no sólo yo, un pantano. Creo que la palabra “pantano” es más eficaz para describir la coyuntura que la expresión que circula habitualmente, “la declinación argentina”. Entiendo que se hable de la declinación argentina, pero me parece más dramática la sensación de estar viviendo en un pantano porque la caída no es simpática ni amable, no es una decadencia como la del Imperio Británico.

-Me interesa volver al tema de los intelectuales y la discusión pública. ¿Cómo se compatibiliza un país que formó cabezas como la de Jorge Luis Borges con este otro país fracasado y empantanado?

-La sociología destaca que el papel público de los intelectuales depende mucho de ciertas condiciones sociales. En sociedades más tradicionales, donde hay una gran distancia entre las elites dirigentes y la gente común, se crea el espacio para una fuerte presencia de intelectuales que juegan diversos roles, como ser la voz de los que no la tienen o erigirse en conciencia moral. En cambio, cuando la distancia es menor porque estamos ante una sociedad civil fuerte y los grupos sociales están más organizados, se achica el espacio para el magisterio político de los intelectuales: los grupos pueden hablar por sí mismos e interpelar directamente a las elites dirigentes. La trayectoria de Argentina ha estado bastante más cerca de este último caso. Aquí no ha existido un reconocimiento a la autoridad del mundo intelectual. Así, cuando quienes se dedican al pensamiento son convocados a la vida pública, lo hacen menos como titulares de visiones de conjunto y más en función de ser portavoces de un saber específico. Entre nosotros, la figura familiar es la del especialista en economía, en salud, etcétera, no la del intelectual público. Y no siempre la gravitación de los expertos sobre la política ha sido lo relevante que debería ser.

Aprendizajes de un maestro
el día a día de la faz económica de la transición

TESTIMONIO
DIARIO DE UNA TEMPORADA EN EL QUINTO PISO
JUAN CARLOS TORRE
(Edhasa - Buenos Aires)

Diario de una temporada en el quinto piso, del sociólogo Juan Carlos Torre, no relata toda la historia de quien es un intelectual consagrado en su área de estudio; se limita a los cuatro años vividos en el Ministerio de Hacienda, junto a Juan Sourrouille y su equipo, de 1984 a 1988. Torre consideró esa oportunidad de contribuir a sostener la transición a la democracia, como si le hubieran dado una beca “para ver desde adentro el mundo que he descripto y comentado desde afuera”. Ese doble papel, le permitió registrar el día a día de la faz económica de la transición: escribir discursos, sugerir ideas, confortar a sus amigos, tratar con sindicalistas, políticos profesionales y empresarios. El Diario observa las posibilidades y limitaciones de Alfonsín, un líder democrático, prisionero de sus promesas electorales, expuesto a tomar decisiones vinculadas a los eternos nudos de la economía argentina: inflación, deuda externa, puja distributiva, agravadas por las amenazas, entonces muy ciertas, de un golpe militar. En síntesis, un libro que merece ser leído por quienes aspiran a hacer política a futuro, y no solo por los curiosos del pasado.
© LA GACETA - MARÍA SÁENZ QUESADA

PERFIL

Sociólogo por la Universidad de Buenos Aires y doctor en Sociología por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (París), Juan Carlos Torre se formó con las grandes figuras de su tiempo. Investigador y académico visitante en universidades extranjeras, recibió el título de profesor emérito de la Universidad Di Tella. Torre publicó los libros El proceso político de las reformas económicas en América Latina (1998) y, junto a Elisa Pastoriza, Mar del Plata, un sueño de los argentinos (2019). En Diario de una temporada en el quinto piso relata las experiencias acumuladas como funcionario de la administración alfonsinista.

Por Irene Benito

PARA LA GACETA